viernes, 16 de noviembre de 2012

EL BINGO,LA ALEGRIA EN 15 NUMEROS



Recorrer la noche invita a entrar por muchos lugares del conurbano. Las salas de bingo definen un estereotipo de hombres y mujeres en busca de migajas de felicidad.

El azar es algo que todos buscamos todo el tiempo, tomamos decisiones para saber resultados y siempre resulta que la moneda va a ser “cara o seca”, nunca otra cosa, no tiene por qué ser otra cosa. En nuestra teoría de la vida, nacemos, vivimos y morimos para disfrutar y padecer de triunfos y reveses. La felicidad y la tristeza son parte de nuestra mochila de carga constante, y vamos caminando con ese paquete encima.
Eso pasa también en esas noches de aburrimiento y de no saber qué hacer, para al menos, entretenerse un poco en el conurbano de Buenos Aires. Recuerdo que en otras épocas, las salidas nocturnas de fin de semana, para los habitantes de las adyacencias de la Capital, eran los teatros de la calle Corrientes, los cines de Lavalle – que ya no hay muchos- y los restaurantes del centro. La peatonal de Lavalle, de Carlos Pellegrini a Florida, era cita obligada para ir a ver la variedad de películas, además de un paseo maravilloso. Los años `80 me sorprendieron como un adolescente curioso, pero privado de paseos importantes, por eso cuando conocí por primera vez el centro de Buenos Aires, la comparé con un circo, lleno de colores y rutilante. Esa escenografía fue cambiando a través de los años y en estos últimos veinte, que particularmente me pasaron vertiginosos,  proliferaron y fueron en crecimiento constante los locales de juego fundados bingos.
 Empecé a recorrer con mas frecuencia y desde hace poco tiempo, estas grandes moles armadas de forma arquitectónica única, cuyos diseños remiten a los casinos de Las Vegas: pisos alfombrados, meseras y empleados entolvados con trajes iguales y de diseños exclusivos-los hombres usan moño-, maquinas “tragabilletes”(no tragamonedas)dispuestas de forma estructural y con un ruido infernal a la hora de deambular por esos pasillos, baños lujosamente ambientados, mesas y sillas íntegra y visualmente tapizadas. Siempre fui muy reacio a ingresar a estos lugares, lo hice una vez cuando se inauguró el primero de ellos en la calle Lavalle, allá por los `90 con el auge del menemismo. Ese día entré a conocer algo nuevo que los extranjeros trajeron a nuestra patria, hoy me animo a compararlos con los espejitos que los españoles les cambiaban por oro a nuestros indios americanos. Se estableció el primer  bingo en nuestra ciudad, recuerdo que te invitaban gratis sándwiches de miga, gaseosas o lo que quisieras. Fuí solo aquella vez y luego esperé hasta el año siguiente, pensando que a un año harían una invitación igual a sus visitantes. No fue así, la desazón fue tan grande que me costó mucho pagar la gaseosa y los sándwiches.

 
Volviendo unos años para acá, en estos días entré nuevamente a un bingo, hoy están esparcidos por todos los centros del conurbano, elegí el de Morón. No se paga entrada, gancho importante a la hora de atraer incrédulos. A diferencia de la Capital, los bingos en el conurbano son con entrada sin cargo y en la ciudad se abona pero no mucho, hasta cinco pesos. Se presume de esto, que se quiere hacer una salvedad entre clases sociales o la idea es, como dije al principio, un cebo importante para que la gente del Gran Buenos Aires entre como a una ratonera. Los empleados de vigilancia de riguroso traje, custodiaban la entrada munidos de un detector manual de metales y ordenando la fila. Preferí ir en día pico, que por lo general es un sábado por la noche, día de gran concurrencia por ser como una salida nocturna obligada para los vecinos del conurbano y que quizás no tengan una variada oferta de espectáculos o no la prefieran. Antes de entrar me preguntaron muy resueltos:”¿vas al bingo o a las maquinas? si vas al bingo, esa es la fila”, señalándome a un grupo de personas. Para las maquinas entrabas directamente, no supe entender porque entré tan rápido, ya que cuando lo hice, esos aparatos de juegos electrónicos también estaban atestados de gente. 
 
En las “maquinitas” popularmente llamadas, se hace una suerte de turnos organizados entre los concurrentes. Estos aparatos electrónicos absorben mucho dinero y quizás sea más fácil poder esperar a unos centímetros a alguien que esté perdiendo estrepitosamente. Uno tal vez pueda identificarle en la cara y los gestos, que pronto se levantará del asiento, que muchas veces no solo le significará una comodidad, sino otras veces, un cadalso. Las salas de bingo, al tener ubicaciones y mesas dispuestas para siete u ocho personas en días concurridos, debe tener una organización de entrada por parte de los empleados de vigilancia. Hoy en este país hacemos cola para todo, en colectivos, trenes, subtes, bancos y otros lugares más que no vale la pena enumerar por resultar acuciante, y las salas de bingo no son la excepción.
“Pasen seis más” nos avisó el empleado de seguridad que no portaba arma, y ahí arrancamos unos cuantos. Estuve apostado tercero en la vereda del Bingo Morón durante quince minutos, ser el puntero de la fila e ir por primera vez, puede jugar una mala pasada, ya que no sabes para donde ir, los que vengan atrás tuyo, son una gran guía que te palmea y te señala con la mano el movimiento de “seguí para allá”. Fui tropezando por el pasillo de las maquinas, chocándome con los que se te cruzaban y con las meseras, fue como una travesía por el tren fantasma del Italpark, pero a pie. Personas de promedio cincuenta años, iban haciéndoles un marco de concurrencia a estos monstruos recaudadores de dinero.


 
“Pase uno”, nos expresó la empleada con un tono que trasuntaba la verborragia militar represiva de los ´70, pregunté incrédulo si era “no fumador” esa ubicación, por lo que me respondió negativamente, ingresé igual. Llegando a la mesa, me presenté con un “buenas noches” respetuoso, esa es una señal de querer caer simpático de entrada a las seis personas que harán de tus acompañantes ocasionales. También empecé a padecer a los asfixiantes fumadores empedernidos, que lo hacen aún más cuando se dan cuenta que uno es un absurdo defensor del aire puro. Entrar en momentos que se esta desarrollando el juego, te invita a hacer un silencio y no efectuar ningún tipo de movimiento corporal, ya que puede ser una fatalidad para la concentración del apostador, el cual esta muy ensimismado con tildar uno a uno los números que podrían tocar a la puerta de su suerte,¡¡¡No molestar en ese momento!!! Puede uno ser victima de un fibronaso color negro, de los muchos que están dispersos en la mesa. Son los instantes en que el empleado locutor (con título o no se sabe) con voz muy clara, exclamaba los números de dos cifras y los repetía hasta dos veces. Las variantes son los que empiezan con seis o siete, estos se vuelven a repetir por unidad, ya que podrían confundirse en su pronunciación.
“Quién más “dijo  la que vendía los cartones. Compré dos a un peso cada uno, ya que me parecía barato, pero cometí una atrocidad, me adelante a pedirlos, ¡¡craso error!!. La venta de cartones iban  por orden de llegada, no hubo forma de salvarse de un orden allí tampoco,  en este país siempre va ser cuando te toca, no antes ni después. En un momento costaron cuatro pesos los cartones, no me di cuenta y pedí dos, luego que me alertaron del nuevo costo, decidí desistir a uno, pero no pude, la joven simpática empleada, que me sonríe y me hace pensar que le gusté, me dijo que no puedo devolver el cartón, así que fueron ocho los pesos que me sacó. Cuando volvió a vendernos cartones, atiné a decirle que tenía una hermosa sonrisa, solo sonrió sin mirarme y siguió prestando atención a su trabajo de tomar el dinero, dejar el cartón y seguir gritando “quién sigueeee”.
El trámite fue rapidísimo, te sacaban el dinero de forma mecánica y cronométrica, la simpatía de aquella muchacha vendedora de cartones, me había dejado pensando, pero mi ocasional compañera de mesa, una mujer morocha, muy fumadora y de unos cercanos sesenta años, me bajó a tierra de un bastonazo. “Tené cuidado con lo que les decís a las chicas, el otro día lo echaron a uno por eso” me decía la señora, “ellas enseguida le avisan al jefe y los tipos vienen a sacarte”, sentí que volví a las épocas del proceso, cuando no tenías derecho a decir nada porque te desaparecían. Estos tipos, supervisores de estas moles “roba-dinero”, quizás sean fantasmas del pasado vueltos a la vida en este lugar, para hacerme sentir el mismo miedo de la época de la dictadura. Lo único que le dije a la mujer, mientras ella prendía otro cigarrillo y pegaba sus cartones con unos ministikers fue que “seguramente aquel muchacho echado, se habría sobrepasado con los piropos”.
Tengo algo de dinero y puedo darme este placer de hacer salidas nocturnas, gracias a un modesto trabajo, pero la sensación de jugar e ir perdiendo el dinero mágicamente no lo podía comparar con nada. Ir marcando los numeritos con aquel fibrón negro esperando poder al menos cantar una línea es inexplicable. Un cartón de bingo es conformado por quince números, divididos en tres hileras de cinco, una línea es cuando acertás a cinco números de una hilera, el premio es menor que el bingo, que vendría posteriormente, cuando embocás los quince números. En Los dos casos predichos, hay que gritar con un furibundo “lineaaaa” o “bingoooo” según sea el caso. Tenés que exclamar,  no queda otra, descuidarte seria perder la oportunidad y que lo gane otro apostador. Ni mis nervios y mi vergüenza de hablar en público me podrían detener esa noche a gritar, si lograba algún acierto.
Pero no, esa suerte siempre la tuvo otro, el de la mesa de la punta, que no sé cuánto tiempo estuvo jugando, o el de la mesa de a lado, que había venido hacia un rato y parecía tan novato como yo y se le percibía su desorientación. Nervioso veía los números de un cartón más, de tantos que había comprado esa noche. Siempre esperé que cante mis números y en varios casos me quedaron dos para la línea y tres para el bingo. No se pueden imaginar la desazón que te queda cuando te faltan tan pocos números y no cantan los tuyos y desde el otro lado escuchas gritos de triunfo, daba mucha tristeza, uno quiere tener una alegría de ganar dinero debes en cuando en estos lugares. Creo que ahí esta la clave de esto, deambulamos por el mundo buscando un momento de sosiego y placer, que en este caso, esperamos que nos toque a través de la suerte. Escuché a un compañero ocasional de la mesa, que le decía a su señora o novia y para que oiga el resto:”¡¡¡uuuh!!! el premio de la línea es de ochocientos pesos, con eso nos comeríamos un asadito completo mañana domingo”. Todos buscamos que nos toque ese asadito completo, porque siempre venimos mendigando migajas de felicidad que nos mezquinan y quizás a muchos, en algún momento, nos toque en plenitud.

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